“La gloria es suya y nadie puede quitársela”: Estatuas, monumentos y la memoria del racismo en Cuba

La serie “Latin America’s Ongoing Revolutions” explora los ángulos coloniales y postcoloniales de la historia revolucionaria de la región. ¡Lean la serie completa! [This post is a part of our “Latin America’s Ongoing Revolutions” series, which explores the colonial and post-colonial angles of Latin America’s revolutionary history. Check out the entire series.]

Por Julio César Guanche

Luisiana, Misisipi y Carolina del Sur fueron grandes enclaves de producción esclavista. Hoy se encuentran entre los estados más pobres de los Estados Unidos. La larga trayectoria de la esclavitud es una parte insoslayable de la explicación sobre la pobreza en cada una de estas regiones. Un profundo malestar hacia ese pasado se expresa hoy por varias vías.

El derribo de estatuas de figuras esclavistas es una de ellas. El reciente asesinato de George Floyd, el pasado 25 de Mayo, volvió a avivar la memoria histórica y la demanda por el retiro de estatuas de personas y monumentos confederados como los de Robert E. Lee y John B. Castleman, el Bentonville Confederate Monument de Arkansas, y el Athens Confederate Monument en Georgia.

El proceso ha sido visto por algunos sectores como la más reciente moda radical. Sus críticos dicen que se terminará tumbando todo, incluido a figuras icónicas como Miguel de Cervantes Saavedra.[1] A una estatua del genio le fue colgada ya un cartel de “bastardo”. Ciertamente, es un sinsentido. El más célebre personaje de Cervantes hizo “el voto (…) de favorecer a los menesterosos y opresos de los mayores” y le parecía “duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres”.[2]

Los excesos de la cólera son un campo fértil para discursos clasistas y racistas sobre el “correcto” comportamiento cívico. Se olvida que la cólera, como indignación moral ante la injusticia, ha formado siempre parte de la virtud ciudadana. Aristóteles recriminaba la “excesiva facilidad” para la cólera —como “mala disposición”— pero tampoco aprobaba “si nada nos conmueve”.[3] Su juicio valorizaba la “justa cólera” como parte de la virtud. Hacer formar parte a Cervantes de la cólera es “mala disposición”; sin embargo, la esclavitud, sus secuelas y monumentos provocan justa cólera.

Una antigua moda

El derribo de estatuas ha estado “de moda” en todas partes y épocas. Un milenio y medio “antes de Cristo”, la estatua de Trajano, en la columna de su nombre, fue sustituida por la de San Pedro. Durante la independencia estadounidense, la estatua en bronce de Jorge III de Inglaterra, en la plaza de Bowling Green, al sur de Manhattan, fue desmontada y convertida en municiones.

Ningún poder ha sido resistido sin confrontarse también los símbolos que lo representan. En ello, se diferencia el vandalismo “desde arriba”—de la mano de los actores con poder—de los vandalismos “desde abajo”.

El primer tipo ha logrado ser elogiado “entre los grandes hitos de la historia”, pero el segundo ha sido denunciado como “vandalismo ciego”. Resulta que el vandalismo es “un privilegio para los vencedores y un sacrilegio para los vencidos”.[4]

El debate ha llegado a Cuba como discusión sobre la estatua que forma parte del monumento a José Miguel Gómez, en La Habana. No han faltado quienes ven las críticas hacia él como importación de “modas estadounidenses”. La idea de que sea una “moda” es irónica, si tomamos en cuenta que Cuba ha visto sustituir o derribar estatuas a lo largo de casi 200 años.

La estatua de la reina Isabel II es solo un ejemplo. Colocada primero en el actual Parque Central (1857), a la caída de los Borbones el capitán general Lersundi la envió a la capilla de la cárcel, en la Habana (1869). Con el regreso de los Borbones, volvió a su puesto original. Tras la independencia, fue despachada “como trasto inservible” a los fosos municipales.[5] En 1905, sobre el pedestal “perteneciente” a Isabel II, fue colocada allí, hasta hoy, la estatua de José Martí. De modo similar, la estatua de Carlos Manuel de Céspedes, en la que se conoce como Plaza de Armas, sustituyó la efigie de Fernando VII. En los 1930, tras el derrocamiento de Gerardo Machado, los monumentos asociados a su nombre fueron destruidos. Lo mismo pasó con el rostro del dictador que se encontraba grabado en la puerta principal del Capitolio. Con semejante historia, los cubanos deberíamos tener más cuidado en calificar de “moda” las nuevas corrientes políticas de interpretación sobre los símbolos del pasado. Tras el triunfo revolucionario de 1959 la estatua de Tomás Estrada Palma se quedó solo en sus zapatos y fue derribada el águila del monumento a las víctimas del Maine.

Qué hacer con los monumentos y con la memoria del racismo

Cada uno de estos monumentos es una muestra de lo que el historiador francés Pierre Nora ha llamado “lugares de memoria”. Nora hablaba de lugares donde actúa la memoria. No es el recuerdo que tenemos sobre un lugar, sino la conciencia de las encrucijadas que ciertos lugares abren a la memoria nacional y colectiva. Son laboratorios de la memoria.

Un lugar de memoria tiene sucesivas capas. En esos monumentos conviven los homenajes y sus trayectorias posteriores. ¿Cuál de esas memorias tiene más derecho a ser representada en forma de homenaje? ¿Es esta una pregunta correcta? ¿Cuál lo sería? Enzo Traverso, un estudioso de la memoria histórica, sugiere algunas claves para una respuesta en general: “…derribadas, destruidas, pintadas o garabateadas, estas estatuas personifican una nueva dimensión de lucha: la conexión entre los derechos y la memoria”.

Es preciso saber cuál memoria se defiende con un monumento. La frase la “memoria nacional” no resuelve el problema, porque la nación es una construcción política que maneja diferencias en su interior, pero no las liquida. La memoria es un campo de lucha por modificar los lugares sociales—y con ello también el perfil de los espacios urbanos—que el pasado modeló, guste o no reconocerlo, con mucha historia de barbarie dentro de sus historias de cultura.

Este es un tema que ha sido respondido con experiencias prácticas de interés. El historiador Laurent Dubois ha escrito sobre una de ellas.[6] En el centro de Basse-Terre, capital de Guadalupe, existe una prisión que albergó a luchadores por independizar ese territorio de Francia. Hacia 1980, con apoyo de las autoridades locales, un mural sobre el tráfico y la resistencia antiesclavista fue pintado en sus muros. En 2001, se colocó cerca del edificio que ocupaba la prisión una lista de cimarrones—tomada de un periódico del siglo xviii—“encarcelados en la prisión de Basse-Terre”. Dubois afirma que dentro de los archivos “se trata de un documento más bien ordinario”, pero su “colocación al lado de la prisión, sin embargo, lo transforma en algo muy diferente”.

La cuestión está en revelar las personas, y las historias, que un monumento pone en escena. La conservación del borrado del rostro de Machado en la puerta del Capitolio es una buena práctica contemporánea en este sentido. No hay completa justicia sin memoria. Una futura tarja en el Monumento a José Miguel Gómez, con o sin estatua, podría resignificar las palabras del teniente coronel Consuegra contra Ivonnet, dedicándoselas, ahora sí merecidamente, a esos mártires: “La gloria es suya y nadie puede quitársela”.


Julio César Guanche Zaldívar es Dr. en Historia. Ha sido profesor de la Universidad de la Habana, y ha dirigido varias publicaciones y editoriales nacionales. Trabajó por varios años en la Casa del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Ha publicado prólogos y capítulos en más de 20 volúmenes. Son de su autoría los libros La verdad no se ensaya. Cuba: el socialismo y la democracia, y la libertad como destino: Valores, proyectos y tradición en el siglo XX cubano.

Imagen de portada: Evaristo Estenoz: “ha sonado la hora de la redención definitiva para todos: para redimir a los unos de sus crímenes y de su salvaje egoísmo y a nosotros de la humillación en que vivimos por amar a la República y por temor de inferirle agravios a la patria”. Ilustración de Iván Alejandro Batista.

Lecturas adicionales:

Links:

https://www.sinpermiso.info/textos/derribar-estatuas-no-borra-la-historia-nos-hace-verla-mas-claramente

https://lasillavacia.com/silla-llena/red-caribe/la-narrativa-de-la-indisciplina-racista-y-clasista-76450

Libros:

Darío Gamboni (2014). La destrucción del arte. Iconoclasia y vandalismo desde la Revolución Francesa, Madrid: Cátedra

María de los Ángeles Pereira (2000). “Nuevos signos en los espacios públicos: esencia y apariencias del cambio”. En: España en Cuba. Final de siglo. Zaragoza: Institución “Fernando el Católico”.

Rodrigo Gutiérrez Viñuales (2004). Monumento conmemorativo y espacio público en Iberoamérica, Madrid: Cátedra

Notas al final:

[1] Mientras la estatua del misionero español Junípero Serra fue derribada, la del escritor Miguel de Cervantes fue pintada con la palabra “bastardo” en San Francisco (EEUU), en medio de la ola de protestas raciales que vive ese país tras el asesinato del afroamericano George Floyd. Se puede encontrar más información sobre ello aquí.

[2] Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Ediciçon Alberto Blecua y Andrés Pozo, Edición conmemorativa IV Centenario (Madrid: Espasa Calpe, 2004), 171.

[3] Aristóletes, Moral. La gran moral. Moral a Eudemo. Una versión popular se puede descargar en www.elaleph.com. Una versión académica es: Aristóteles. Ética Nicomáquea. Ética Eudemia, Introducción de Emilio LLedó Iñigo, traducción de Julio Pallí Bonet, Gredos (Madrid, 1988). Cita en Libro 11: Naturaleza y génesis de las virtudes, 430 y ss.

[4] Darío Gamboni, La destrucción del arte. Iconoclasia y vandalismo desde la Revolución Francesa (Madrid: Cátedra 2014), 34.

[5] Emilio Roig de Leuchsenring, Biografía de la primera estatua de Carlos Manuel de Céspedes erigida en la ciudad de La Habana, 8.

[6] Laurent Dubois, “Los cimarrones en los archivos los usos del pasado en el Caribe francés”, Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas, Anuario de Historia de América Latina (JbLA), ISSN-e 2194-3680, Nº. 46, 2009, págs. 61-82.

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